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Línea Apoyo a Familias

Publicado en: Sensibilización

Testimonio

Hola, soy Daniel. Tengo 25 años y tengo autismo. Soy el segundo hijo de mis papás, vivimos en el municipio de Carbajosa de la Sagrada, Salamanca. En la actualidad estoy recibiendo formación en el centro de Día “LOS CEDROS”.

Cuando me diagnosticaron, a los 5 años, la vida de nuestra familia cambió de manera sustancial. Al principio todo fue un poco caótico, me llevaron de acá para allá visitando a muchos médicos, hasta que nos dijeron lo que me pasaba.

La vida en casa cambió, mamá dejó de trabajar, para dedicarse a mi hermano y a mí (sobre todo a mí). Todavía a día de hoy, me lleva y me trae a todo tipo de actividades que me gustan y me vienen bien. Hasta antes de la pandemia, con mucho entrenamiento, logramos que un día a la semana pudiera coger yo el autobús. Pero aun así, nos hacíamos 20Km. todos los días, ella 40, porque cuando me deja se vuelve a casa.

Al principio nos ayudaban mucho mi yaya y mi tito (mis abuelos), pero ya no están, se fueron al cielo. Ahora han cogido el relevo mi hermano, que, aunque está estudiando, siempre saca un ratito para mí y viene a casa o vamos por ahí a tomar un pincho, y también mis tíos que nos acompañan al fútbol, a ver a Unionistas, y mis primos Isa y Alberto que todos los domingos se toman un pincho con nosotros. Como véis, tengo a mi familia muy pendiente de mí, pero me gustaría tener un círculo más amplio de amigos. Hay veces que les digo: “Mamá a la parcela, Dani con Caye, que es mi hermano”. Cuando se independizó le dije que quería un cuarto en su casa, pero no pudo ser…

Yo sé que a papá y mamá les gustaría que yo tuviera un proyecto de vida propio, que trabajara y que tuviera una vida independiente, y, aunque es muy difícil, no dejan de luchar por ello. Con ayuda de mis formadores del centro de día “LOS CEDROS” lo tendré más fácil.

Hace unos meses, mamá empezó a enseñarme nuevos pictogramas de cosas que tenía que hacer, lavarme mucho las manos, no salir de casa. No había centro de día… porque había una enfermedad en la calle que se llamaba coronavirus, que es muy mala.

Y nada, ese virus me encerró en casa. No volví a ver a mis amigos, ni a mis tíos, ni mis formadores, ni a nadie de mi familia. Bueno sí, a mi hermano, que venía un ratito a la semana, con un permiso especial.

Pasé encerrado en casa con mamá y papá 52 días, por suerte vivo en una parcela y salíamos a pasear durante hora y media todos los días, también con un permiso especial. Ya contábamos los pasos de cada vuelta, más de 300 pasos. Hacíamos video llamadas con mis tíos, con mis amigos y con mis formadores.

Mamá me estructuró el día lo mejor que pudo, hacíamos fichas que me mandaron por e-mail mi logopeda y mi psicóloga, pintábamos, hacíamos puzzles, cocinábamos…y digo hacíamos porque no dejaba a mamá más que para dormir.

Cuando llegó el día 52, por la mañana me eché a llorar y no podía parar. Mamá y papá no entendían nada, hasta que les dije que llevaba 52 días, al principio no me entendían, pero luego ya sí, a partir de ese día me sacaron de paseo por la urbanización y luego ya poco a poco con mucho cuidado fui haciendo más cosas.

Después del confinamiento, ha venido el verano. Pero ha sido un verano en el que me han quitado todo, mis vacaciones en la playa, mis campamentos, mis fines de semana con mis amigos de Autismo Ávila, todas mis rutinas que me dan seguridad y estabilidad.

Total, que me siento muy mal, estoy siempre triste y enfadado, a veces soy agresivo con las personas que más quiero. ¡No me lo tengáis en cuenta!

Mi familia y mis formadores han intentado estructurarme todo otra vez, pero es muy difícil. Ya voy al centro de día toda la jornada, pero claro todavía no puedo hacer deporte (futbol y baloncesto con mis amigos) y me han puesto un asistente personal.

Espero que, entre todos, me ayuden a pasar este bache y que yo vuelva a ser como antes, un chico alegre que disfruta a tope de la vida.

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